Advertía Tomás Eloy Martínez que las sociedades pueden acostumbrarse a convivir con formas crecientes de brutalidad sin darse cuenta del deterioro que eso implica. Cuando perciben el daño, por lo general ya es demasiado tarde. Entonces ni el ancazo que le propinó “Pichón” Segura al diputado Pelli ni el balazo que un sujeto descerrajó en pleno microcentro para zanjar una discusión nacieron de un repollo. No cabe la categoría de “hecho aislado”, tal el calificativo de una autoridad policial. A Tucumán la violencia se le escapa por las costuras.

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Quedó claro desde el primer momento al analizar la salvajada protagonizada por “Pichón”, matón a sueldo del Estado a quien (al menos por ahora) le revocaron la licencia para cabecear al prójimo. Nadie cumple una pena de prisión efectiva por un hecho de esta naturaleza y de allí la condena de ejecución condicional -tres años- acordada por el Ministerio Público con la defensa de Segura. Afortunadamente el hecho quedó documentado en un video; caso contrario, es posible que el propio Pelli hubiera terminado dando explicaciones. Aún con el tabique nasal roto. “Pichón” transcurrió un puñado de días en Benjamín Paz, hasta que a la menor distracción de la opinión pública lo mandaron a su casa. Queda aguardar que el juez Raúl Robín Márquez homologue el acuerdo alcanzado durante el juicio abreviado para que “Pichón” siga con su vida en libertad (condicional).

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Gustavo José Orce extrajo una pistola calibre .40 y le disparó a Cristian Palacios. El balazo se le incrustó en el hombro izquierdo. Palacios afirma que Orce le había apuntado a la cara. Y todo por una discusión, clásica del tránsito que a las horas pico -en este caso poco antes de las dos de la tarde- desborda el mercurio en el termómetro del caos. Orce conducía un Ford Focus; Palacios iba en bicicleta; se produjo alguna clase de roce; discutieron. Y BANG. Cosas que suceden en San Juan al 600. “¡Es policía, es policía!”, razonaban algunos testigos, tal vez influenciados por el camuflaje de la campera de Orce. Después el dato fue desmentido, pero Palacios se quedó con esa espina y lo expresó a los gritos. Nuevamente, como en la saga Pelli-“Pichón”, las cámaras registraron buena parte de la historia.

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Dos episodios distintos, dos escenarios diferentes, pero una misma raíz: la legitimación de la violencia como método para resolver conflictos. Amparada, como es notorio, por un contexto que permite que esos hechos se sucedan con una facilidad cada vez mayor. Por eso la violencia es asumida como una respuesta posible, comprensible o incluso justificable. Mientras, la ciudadanía se desliza por una pendiente cuyo inevitable destino es la ruptura del contrato social. Es el fondo del barranco, territorio carente de leyes.

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Esta lógica de la violencia como parte habitual de la vida pública se retroalimenta entre la calle y las redes. A saber: se discute agresivamente en la política; se insulta en el ágora digital; se agrede en el tránsito; se humilla en la televisión; se amenaza en las veredas. Ya es un lenguaje cotidiano que corroe la capacidad de convivir. Subrayaba el filósofo José Pablo Feinmann que las sociedades que pierden la capacidad de diálogo terminan reemplazando la palabra por la fuerza. “Cuando desaparece el otro como interlocutor, aparece el otro como enemigo”, sostenía. Vivir rodeados de enemigos, en un estado de paranoia permanente, sólo puede conducir a explosiones como las protagonizadas por “Pichón” o por el señor Orce.

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En sociedades con mínimos niveles de convivencia un incidente callejero se resuelve con palabras, intercambio de datos o intervención policial. En Tucumán alguien decidió sacar un arma y disparar. Ese gesto condensa una transformación cultural profunda. El otro deja de ser un ciudadano con derechos y pasa a convertirse en una amenaza inmediata. La reacción, lejos de ser racional o institucional, pasa a ser feroz. Absolutamente extrema. Hay aquí un punto interesante, ligado a cómo el tránsito se ha convertido en una radiografía moral de las sociedades, porque en casos como el tucumano aparecen condensadas la intolerancia, la ansiedad, el desprecio por las normas y la incapacidad de reconocer límites. Si conducir equivale a sobrevivir en una selva, los Orce de turno están invitados a proliferar.

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José Nun, uno de los pensadores sobresalientes de la segunda mitad del siglo XX, hablaba de la “anomia boba” argentina. Se refería a nuestra tendencia colectiva a incumplir normas, una sociedad donde cada individuo actúa según su interés inmediato y así termina destruyendo las condiciones básicas de convivencia. Trampa permanente, desprecio por la ley, viveza entendida como virtud; es un poco de todo. La violencia cotidiana no puede ser otra cosa que una consecuencia natural de ese proceso. Llevamos años atrapados en una lógica de confrontación extrema, donde casi todo se interpreta en clave bélica.

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Otro fenómeno preocupante es la crisis de autoridad legítima. Cuando alguien sufre un choque, llama a la policía o acude a la compañía de seguros. Cuando alguien se siente agraviado políticamente, debate o denuncia. Cuando alguien enfrenta una injusticia, busca amparo judicial. Pero, ¿qué pasa cuando las instituciones pierden credibilidad? La “justicia” por mano propia. Esa es la fractura del contrato social, que supone que los ciudadanos renuncian al ejercicio privado de la violencia porque existe un Estado garantizador del orden. La filósofa Claudia Hilb ha reflexionado sobre los peligros de estas sociedades que naturalizan el desprecio por las reglas democráticas y relativizan la violencia política. Ella sostiene que las democracias no mueren solamente por golpes de Estado; también se degradan al resignar las convicciones básicas sobre la legitimidad de las normas.

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Así andamos. A los ancazos y a los balazos. Todo naturalizado al máximo, como si formara parte de un paisaje cultural que ya no tiene vuelta atrás. “Estoy de acuerdo con la pena. Es mi voluntad. Y reconozco el hecho”, resumió “Pichón” durante el juicio abreviado, al que asistió conectado a una pantalla desde su hogar. “Me queda la sensación de que Segura tuvo más garantías que yo y un mejor trato, inclusive”, le dijo el diputado Pelli al juez. El que hizo silencio fue Orce, al que condujeron esposado a un patrullero mientras Palacios lo increpaba a los gritos. Ya había hablado por boca de Orce la pistola con la que estuvo a punto de matar a un hombre, tras el roce de un Ford Focus y una bicicleta.